La fórmula de la Doma Clásica – Reflexiones finales

Erik Herbermann
Reconocido profesor formado por el maestro Egon von Neindorff, quien a la vez escribió el prólogo de su mencionado libro.


¿Qué nos aguarda con relación a la Equitación Clásica en los tiempos que corren? La verdad es que la nuestra es la era de la prueba, en la que estamos incesantemente abordados por la frivolidad, el sensacionalismo, y seducidos por la facilidad de la gratificación instantánea. Pensamos que las soluciones a nuestros sueños y problemas están a nuestro alcance de forma sencilla e indolora. Hemos adquirido tal astucia para producir imitaciones de todo tipo, nos hemos debilitado tanto, que ya no parecemos echar de menos las cosas de valor real. En consecuencia, nos hemos aislado gradualmente de las leyes de la Naturaleza y no nos damos cuenta de nuestra falta de armonía con ella. ¡Mientras las cosas parezcan estar bien, eso es lo único que importa!

El arte de la equitación no parece encontrar fácilmente su sitio en esta filosofía de los tiempos modernos. El caballo no entiende ni sabe ser otra cosa que sea él mismo. Su naturaleza no puede precipitarse. Sin embargo, y sólo Dios lo sabe, las artimañas de la humanidad no respetan límite alguno. Durante siglos los jinetes han tratado de tomar atajos para entrenar a los caballos y les han forzado a adoptar síntomas infundados del trabajo correcto, con una flagrante indiferencia por su bienestar. Inevitablemente, quienes han caído en este error también son victimas de sus propias estratagemas y empiezan a creer que estas perversiones del caballo pueden resultar ser un producto válido. Sin embargo, el conocedor mira directamente a través del brillo superficial de los pretendidos movimientos de "Alta Escuela" y reconoce la tensión o los aires rotos y también los nervios sobrecargados y la mecánica obediencia del derrotado espíritu del caballo.

Atrevámonos a ir a la clave de la cuestión. Con independencia de lo que pensemos acerca de nuestra competencia real o imaginaria sobre la montura – ni este autor, ni ningún profesor, ni ninguno de los maestros del pasado o del presente - tiene derecho a llamarse "jinete" a no ser que hayamos aprendido a someternos - ¡no, rendirnos! - incondicionalmente a la naturaleza del caballo. Si nuestro caballo no ratifica nuestro trabajo diario considerándolo aceptable, o no refleja en su físico ni en su presencia espiritual que se ha convertido en un ser auténticamente bello por nuestra intervención, nuestro trabajo no estará, simplemente a la altura de los estándares clásicos.

Hemos de cultivar el refinamiento más sutil para ganarnos el derecho de ayudar al desarrollo del bailarín equino. Es realmente una gran responsabilidad, una responsabilidad que ante todo nos exige que seamos humildes en el santuario del caballo, así que dejemos de lado nuestros intereses económicos y cualquier tipo de trabajo que no sea amable o considerado con la mas noble de las criaturas y construyamos nuestra equitación y nuestra vida, que están totalmente entrelazadas, y forjemos una unión ecuestre codiciosa sin reducir en lo mas mínimo el aspecto mas bello del ser humano en el jinete y de ser y permanecer totalmente "equinos" para nuestro caballo.

Los caballos siempre serán nuestros auténticos y máximos jueces; escuchémoslos siempre.