Que nos lleve bien - 1º Parte

José Manuel Sales Pons
Experto profesor de equitación y entrenador de exitosos jinetes


Hoy en día, al menos en nuestra cultura, montamos a caballo fundamentalmente por dos motivos: o bien por el puro placer de pasear y sentirse a caballo, o bien por la satisfacción de competir en una de las múltiples disciplinas hípicas existentes.
Sin embargo, en cualquiera de los dos casos se considera, o debe considerarse, al caballo como un atleta.
Y es que tanto en la equitación lúdica como en la deportiva de competición hay un denominador común: desde el momento que pongo mi cuerpo sobre el caballo, éste se va a mover con una carga añadida, lo que en consecuencia provocará una serie de desajustes en su cuerpo.

En mi dilatada vida hípica no conozco a ninguna amazona ni jinete que sea un espíritu puro. En cambio, sí que veo a diario a montones de personas a caballo que, a juzgar por cómo se manejan sobre el mismo, parecen considerarse efectivamente espíritus puros, por lo que a su parecer sus "culadas" y sus movimientos sobre la montura son "espirituales" y en absoluto pesantes. Y además, están convencidos de que sus órdenes siempre son razonables.

¿A qué santo toda esta reflexión? Muy sencillo: yo pienso que cuando me monto en un caballo, lo primero que he de conseguir es que me lleve bien y que él se sienta cómodo y sus gestos confortables. Y desde luego, si le dejo ir a su aire con las riendas flojas pero no lo suficientemente largas, el caballo por sí mismo no va a ordenar su cuerpo para llevarnos y llevarse él mismo bien. Y esto no significa que el caballo no esté hecho para llevarnos, sino que la naturaleza no le ha dotado de mecanismos innatos para llevarnos bien.
Debe aprenderlo y nosotros enseñárselo.

Y ocurre que desde que el hombre empezó a servirse del caballo hace 4000 años, primero enganchándolo y al cabo de unos diez siglos ya montándolo, la desgracia del caballo ha consistido en que poquísimos hombres han sido capaces de enseñarle correctamente.
Para entender cómo debe llevarnos el caballo, vamos a empezar por ponernos en su lugar: ¿cómo resolvemos nosotros el hecho de llevar una carga pesada? Por ejemplo, llevar un saco de avena de 50 kg sobre la espalda. Sencillamente bajamos la cabeza y abombamos la espalda. Una reacción puramente instintiva pero que tiene su justificación mecánica: tensamos el ligamento nucal, que a su vez tensa el supraespinoso, con lo cual la carga la llevamos con estos ligamentos en lugar de llevarla con los músculos de los riñones.

Resulta que el caballo es el único animal doméstico capaz de utilizar dichos ligamentos como el hombre debido a que sus 7 vértebras cervicales forman una "S", lo que le permite estirar el cuello y darle múltiples formas, con la consiguiente tensión del ligamento nucal.
El proceso del caballo, concretamente, será el siguiente: debe bajar la cabeza para estirar el cuello, de modo que su ligamento nucal se tense; éste a su vez hace que se tense el ligamento supraespinoso, que es en definitiva el que lleva el peso del jinete/amazona. De esta manera, los músculos del dorso, que en un principio se han tensado para soportar la carga, vuelven a su acción normal como músculo locomotor: contracción alterna de los músculos de ambos lados de la espina dorsal.

Esto es fácil de comprobar en nosotros mismos si apoyamos las yemas de los dedos corazón de nuestras manos en la zona de nuestros riñones al caminar. Notaremos esa tensión alterna, izquierda-derecha, que nos dice que esos músculos son locomotores, y no para soportar cargas.
Esta posición de estiramiento de la línea superior del caballo predispone a la contracción de los músculos abdominales. Una buena combinación por parte del jinete/amazona supone:

- Un asiento correcto, en su sitio, más bien adelantado, sobre los isquiones -los huesos- y no sobre los glúteos

- Un uso adecuado de las piernas: actuando acompasadamente sobre los abdominales del caballo y no con presión continua

- Y un uso correcto de las manos, resistiendo y nunca tirando, buscando el ángulo más adecuado para que el caballo en lugar de tirar hacia adelante tense hacia abajo, lo que aumentará la tensión del ligamento nucal.

Todo este conjunto de acciones hará que el caballo se ponga redondo naturalmente, o sea, que nos lleve bien a nosotros y que se lleve bien a sí mismo.

De hecho, el jinete/amazona no es sólo una mera carga para el caballo pues, además de pesar, se mueve, actúa y quiere mandar. A continuación detallamos una serie de problemas que ocasiona la presencia del jinete/amazona en el dorso del caballo:

1. Su tórax se hunde entre sus espaldas por la falta de clavículas del caballo.

2. Su equilibrio es desplazado hacia adelante, pues nuestro peso está más cerca de las espaldas del caballo que de los pies.

3. El asiento del jinete/amazona, como requiere mucho aprendizaje para "acordarlo" al movimiento del caballo, hace que el dorso se hunda más y las agresiones puntuales al mismo -o sea, las "culadas"- hacen que los músculos del dorso se contraigan continuamente, en lugar de hacerlo alternativamente (izquierdo-derecho), como músculos locomotores que son.

4. La mano del jinete/amazona, actúa como mano depredadora (tiende a agarrarse), provocando que el caballo encoja el cuello. De hecho, peor aún que nuestro peso son las limitaciones que nuestra mano impone al balancín cuello-cabeza del caballo, cuya disponibilidad es imprescindible en su locomoción. Y es que la mano del hombre, que es polivalente y polifacética, resulta que necesita un arduo aprendizaje para cualquier actividad mínimamente compleja. Sin educación no es capaz de hacer nada bien. Y si no ¿qué es lo primero que aprende un niño en la guardería?, las manualidades.

5. Como consecuencia del peso y de la mano, la locomoción del caballo se descompone y sus aires se hacen irregulares.

Y es que podríamos decir que domar no es ni más ni menos que reorganizar el cuerpo del caballo y convencerle para que haga a petición nuestra lo que es capaz de hacer en libertad e, incluso, mejorarlo. Imaginemos una frase impactante en la que de repente las palabras se caen. Al recogerlas y volverlas a juntar sin criterio alguno, resulta que esas palabras ya no tienen ningún sentido. Sólo el saber y el esfuerzo nos permitirán volver a poner las palabras en su orden y la frase de nuevo tendrá sentido. Esto sería una buena imagen de lo que ocurre cuando montamos un caballo e intentamos hacer que vuelva a moverse y manejarse como cuando iba en libertad.
O mejor.