Mente Zen y Caballo Zen. La ciencia y la espiritualidad de trabajar con caballos




Dr. Allan J. Hamilton
Reconocido neuro cirujano (cerebro) y horsecoach


Una única característica separa a los grandes domadores del resto: la paciencia. Cuando llegamos a un impasse con un caballo, nos paramos. Pregúntate a ti mismo: ¿Cómo intentaría resolver el problema si tuviera 100 años para solucionarlo? Más paciencia, el éxito está garantizado. Yo no era paciente por naturaleza, pero he aprendido mucho de los caballos a lo largo del tiempo.

Domar caballos me ha hecho mucho más consciente de mi impaciencia, porque ellos dudan cuando sienten que les metemos prisa. La velocidad y la eficacia de su aprendizaje decrece tan pronto detectan un cambio en la energía cambiante de la distracción que transmito cuando voy con prisa. El foco de mi Chi cambia de una energía sostenida y focalizada, a otra más cortante y más punzante que es palpable para el caballo.

Diría que cambia de la misma manera que la respiración de una persona que corre largos recorridos a una persona en estado de pánico. Los dos respiran rápidamente, pero uno tiene un objetivo y la otra es caótica y casi destructiva.

Me arrepiento de no haber aprendido unas lecciones de paciencia de más joven. Ahora empiezo a entender como los caballos me enseñaron a bajar el ritmo y quitar la presión que sin darme cuenta había ido imponiendo: líneas muertas, esquemas y expectativas. Actualmente, cuando siento la impaciencia o la frustración hacer acto de presencia – cuando estoy encallado en alguna línea, o en una reunión o esperando a que alguien acabe de hablar- me digo a mí mismo que un caballo no sentiría la confusión que me está invadiendo. Un caballo simplemente me recordaría: podemos estar ahí todo el tiempo del mundo o paramos en este momento.