EQUITACIÓN ALTERNATIVA
Doma para un caballo amigo y no esclavo


Artículo publicado por Alejandro Hernández en Suplemento Ecuestre, abril/2007

Ignorancia-miedo-violencia

Es fácil comprobar que habitualmente nos evitamos el esfuerzo y el trabajo que demandan la razón y el conocimiento y como consecuencia de una serie muy elemental, procedemos según el orden impuesto por la ignorancia, a la que sigue como lógica consecuencia, el miedo y como correlato inevitable, la violencia. Como no sabemos, desconfiamos y tenemos miedo y luego actuamos tratándonos de imponer por la fuerza.

Sin embargo, podría ser que, aproximándonos a la naturaleza del caballo de acuerdo con nuestra propia naturaleza caracterizada por la racionalidad, diéramos en la clave para encontrar el vínculo, la relación, que nos una al caballo.

El caballo es un animal herbívoro, de presa, que vive en manadas dirigidas por un líder (probablemente el más experimentado y no el más agresivo) con un programa genético bastante elemental: subsistir pastando en las mejores pasturas que pueda encontrar, procrear y escapar lo más rápidamente posible de los depredadores. Lo desconocido para el caballo es una amenaza.

Ante lo desconocido el caballo no ataca, huye y no lo piensa dos veces. En principio pues, para el caballo somos una amenaza, irrumpimos en su escenario y por si no fuera suficiente, ostentamos la imagen de un depredador (nuestra mirada, nuestra actitud...) Así que su respuesta instintiva y correcta es ponerse lo más lejos posible de nosotros. Somos nosotros pues los responsables primeros de la actitud de desconfianza del caballo y en tal sentido seríamos los primeros obligados en cambiar las cosas para que esta sospecha caiga desestimada por el caballo: que él cambie su parecer y acabe sopesando la posibilidad de que seamos buena gente. En este sentido de nada sirve que uno esté convencido de tal cosa, el caballo no acepta nuestras garantías, debe comprobarlo por sí mismo.

El dolor como argumento pedagógico

El trato tradicional busca seguridades (que el caballo pare y no se dispare) y cree que aplicando lecciones dolorosas el caballo acabará “comprendiendo” lo que le conviene. Pensar de este modo deja entrever una pequeña contradicción, si el caballo es capaz de “comprender“, en este caso por el dolor, ¿por qué no existe una instancia donde darle la oportunidad de comprender sin el dolor?.

Con el dolor podemos doblegar al animal, su moral y entereza, pero el dolor no enseña. En todo caso reprime, inhibe conductas y respuestas. El dolor no se puede vincular con el aprendizaje, salvo a niveles de respuesta reflejas. El dolor como castigo o como refuerzo negativo sólo puede ser funcional en una mente capaz de abstraer e inferir premisas generales al punto de construir una amenaza ominosa que genere en el sujeto un temor generalizado y un estado de inhibición reverencial.

El caballo no llegará a comprender la lógica del refuerzo negativo como premisa general y/o el castigo como consecuencia de “malos comportamientos“, sólo puede asociar e identificar determinadas situaciones según su experiencia y actuar en consecuencia. Lo más probable es que termine asociando el dolor con nuestra presencia (porque somos la constante que se repite en cada experiencia dolorosa).

De tal modo, que en lugar de poder corregir errores con el recurso del castigo o el dolor, acabaremos sembrando desconfianza. En casos extremos el caballo llegará a identificar al manejador como la causa del problema o dolor y no solo perderá la confianza sino que desatará sus mecanismos de defensa.

Muchas veces la reiteración indefinida de experiencias dolorosas, o simplemente traumáticas porque aturden sus sentidos, no hace más que sumir al caballo en lo que se conoce como respuesta “nihilista“: el caballo se auto inhibe, segrega endorfinas, cancela toda respuesta, intenta pasar desapercibido para no llamar la atención del agresor o se entrega lisa y llanamente a lo inevitable. El caballo puede reconocer, asociar datos de la realidad conectados inmediatamente pero no puede deducir o inferir premisas generales; puede recordar el dolor ante una experiencia determinada, pero no puede especular o calcularlo como una amenaza tácita, latente, si no hace lo correcto.

Una estrategia racional

Algunos creen que el hombre puede aprender conductas “convenientes” de una manera compulsiva, como una rata, por el dolor y el acto reflejo; sin embargo está demostrado que existe un mecanismo de aprendizaje mucho más eficiente que le permite comprender sin necesidad del estímulo negativo (aunque muchos crean que la mejor manera de disciplinar socialmente a un pueblo sea por la fuerza) de tal modo que, pedagógicamente, esperamos que el hombre aprenda según una estrategia racional.

De la misma manera es dable esperar que el caballo aprenda según su propia estrategia mental. Ahora entonces nos preguntamos, ¿por qué creemos que el caballo no puede aprender conductas si no es por el imperio de la fuerza? ¿No será por nuestro propio miedo, por nuestra ignorancia, que no le damos la oportunidad al caballo de demostrar su inteligencia?

De hecho en sus rutinas diarias el caballo no deja de aprender conductas apropiadas para su supervivencia sin que nadie le imponga el rigor necesario: aprende por imitación, copiando a su madre... lo único necesario es que el caballo reconozca que esa rutina es buena para su supervivencia o su placer o su comodidad o seguridad y que le venga dada por alguien de su confianza. El caballo intenta respuestas para aprender... experimenta y saca sus conclusiones. Si ante la respuesta correcta recibe una gratificación estaremos consolidando respuestas adecuadas, correctas, y él mismo intentará repetirlas para repetir el resultado que resultó satisfactorio o gratificante.

El caballo aprende. De hecho está permanentemente atento a los estímulos del mundo exterior, porque de ello depende su supervivencia. Y no sólo aprende a repetir simples actos reflejos o respuestas condicionadas por estímulos puntuales de golosinas o dolor, según su propia lógica o coherencia, produce respuestas hacia el mundo exterior en un todo de acuerdo con una íntima motivación que lo anima.

Una vez superada la desconfianza, el caballo cederá a su natural y exagerada curiosidad y tratará de incorporar información para sus programas genéticos. Es en ese espacio donde debemos ubicarnos, superada la desconfianza y abierta la curiosidad, presentarnos como un ser confiable que los ayuda a resolver algunos problemas y sobre todo, que cerca nuestro, está seguro y no corre riesgos. Superar la instancia en la que el caballo aún está a la defensiva ante nuestra presencia porque somos una amenaza, lograr su atención, incentivar su curiosidad y establecer una comunicación.