Los gamberros

Revista Galope
Lucy Rees
Etóloga galesa reconocida internacionalmente que ha trabajado durante toda su vida para desarrollar una forma diferente de relacionarse con los caballos.


“Escribe con sangre” dice Nietzsche…y es con sangre y algo de rabia que escribo del trabajo que menos me encanta hacer. La sangre es la que me extraen estos gamberros; la rabia es por sus dueños que me ponen en peligro corrigiendo los resultados de su ignorancia incluyendo, a veces, a algún domador o profesor que se ha puesto manos a la obra para crear un monstruo.

Es como un sueño frankensteinience: “Me compro un potro en el destete y lo crío en casa a mi manera, e incluso peor, no quiero castrarlo”. Es como un sueño que se convierte en una pesadilla. Como siempre, cuando estudiamos el comportamiento natural del caballo, el por qué, queda clarísimo.

Aprender a convivir en la manada

En la naturaleza, los potros se crían dentro de una manada. Mientras sus madres son bastante permisivas con ellos hasta que los destetan, las otras madres en la manada les enseñan las normas sociales: no invadir el espacio de otro, tomar cuenta de una amenaza antes de que se convierta en un castigo, portarse con respeto alrededor de los adultos, ceder paso a ellos.

Son sus compañeros de juego los que los espabilan para usar las señales sociales y al hecho de que los juegos tienen normas y límites que no se pueden pasar. Aprenden a coordinar sus actividades y movimientos con los demás en la manada y a seguir a la yegua líder, como han hecho con sus madres.

Aprenden cómo relacionarse con su padre y cómo él se comporta en la cubrición. Aprenden lo que es este bicho raro, el potrillo recién nacido. Aprenden cómo seleccionar las buenas hierbas, cómo buscar aquellos que le curan, dónde refugiarse, cómo seguir caminos y evitar peligros a su paso, cómo manejar su cuerpo de manera eficiente y atlética en cualquier terreno.

Aprenden que sus acciones tienen consecuencias buenas o malas y cómo maximizar el primero y minimizar el segundo. Toda su vida hasta los dos o tres años, cuando deja su banda natal y se busca otra, es aprendizaje dirigido a vivir en su nueva banda en armonía y buena salud.

El contacto con el hombre

Llegado a nuestras manos, el potro naturalmente aplica su aprendizaje previo como ayuda para dar sentido a su nuevo mundo. Tiene miedo al principio, pero si nos dedicamos a darle confianza, lo pierde y nos trata como trataba a los adultos en su manada.

Tiene respeto por nuestro espacio y aprende que nosotros también damos señales en las que hay respuestas adecuadas o inadecuadas. Descubre que jugar con nosotros tiene límites también, más severos que los suyos pero de la misma forma.

Nos sigue y se coordina fácilmente con nosotros. Aprende a modificar su equilibrio por debajo de nuestro peso como ha aprendido a modificarlo en terrenos quebradizos. Ya que es listo para aprender, este potro puede disfrutar de su doma y dejarnos sorprendidos de lo fácil que es.

Criado en aislamiento, el potro no tiene esta base social. Es altamente estresado, ya que la primera norma equina es nunca estar solo. Como potrillo, se lanza desesperadamente hacia nosotros cuando aparecemos y estamos tan encantados que no nos damos cuenta de que nos invade sin ningún respeto.

Buscando teta, nos mordisquea, pero ignoramos que no lo hace con mala intención. No se da cuenta que algunos de nuestros movimientos pueden ser señales, ya que no somos muy claros ni cuidadosos en este respeto.

Se habitúa a las palmadas y se desensibiliza a las pequeñas presiones que luego querremos usar como ayudas. Criado en corral o cuadra, nunca tiene que buscarse la vida por su conocimiento, nunca tiene oportunidad de experimentar cambios de equilibrio, cambios de terreno y sitios peligrosos. Es decir, nunca aprende a aprender ni a usar su cuerpo hasta sus límites y extenderlos.

Cuando crezca y empiece a notar el efecto de sus testículos, los problemas hasta ahora escondidos, se revelan. Su necesidad de jugar crece, los mordiscos se convierten en bocados y descubrimos que no hay manera de pararlo. Cuando se lanza hacia nosotros, nos apartamos porque si no, nos aplasta.

Cuando nos invita a jugar con sus manos alrededor de nuestras cabezas, corremos. La única cosa que le enseñamos es que somos nosotros los que cedemos a él, no al revés. Nuestros intentos de ramalearle no tienen éxito porque es él el que nos lleva y peor si tiene a la vista otro caballo. Es gamberro.

Con el domador lo pasa mal

No hay domador que disfrute trabajando con los gamberros, ya que nos pisan, nos muerden, nos pegan en la cara con sus cabezas pesadas, no responden a señales ni presiones suaves y no conectan los efectos buenos o malos con lo que han hecho. El domador tradicional lo ve como “dominante y rebelde” e intenta imponer su autoridad por medio de cosas que duelen: la serreta, los tirones salvajes, la fusta, los palos.

Algunos potros se desaniman bastante cuando se los maneja, pero pierden lo que Pluvinel reconocía tan bien: “sobre todo, tendremos cuidado de no perder la cooperación inocente del potro, ya que es como el perfume de una flor: una vez desaparecido, nunca reaparece”.

No es por falta de dominancia, es apreciación de nuestro espacio y nuestras señales, lo que los castigos mal aplicados no enseñan. Otros, con más genio, enfadados por el dolor que no entienden (ningún caballo puede entender estos tirones al azar aplicados con la idea de mostrar quien manda) y sin respeto parta nuestros cuerpos, se ponen agresivos.

TODOS LOS CABALLOS AGRESIVOS QUE HE ENCONTRADO HAN SIDO CRIADOS SOLOS. Hablo de aquellos que nos atacan de verdad, mandándonos al hospital, no de aquellos que se defienden. Me impresiona también cuántos de estos gamberros tan queridos acaban en el matadero, por ninguna culpa suya.

En las yeguadas, sobre todo las nuevas, hay cada vez más tendencia a criar potros, e incluso potras, en cuadra, e imagino que los que trabajan con ellos se están diciendo: “pero mis potros se comportan tan bien, los que crían a gamberros son ignorantes”.

Es verdad que los que tienen mucha experiencia saben mantener las normas, pero es un trabajo constante, hay siempre algunos que no quieren aprender y la doma de todos es más difícil y tardía.

Un experimento científico

En un experimento científico reciente, los potros de una yeguada grande se criaban juntos, pero a la hora de domarlos estaban divididos en dos grupos. Un grupo vivió en cuadras, mientras que el otro vivía en el prado.

Con el mismo domador, los primeros tardaron aproximadamente dos veces más tiempo que los segundos en llegar al mismo nivel de doma.

Este resultado se debe al efecto del estrés de estar aislado durante una temporada - los animales estresados no aprenden bien- y de no tener libertad de ponerse cómodo después de su trabajo; si añadimos el efecto de quitar a un potro la oportunidad de relacionarse, de jugar de manera atlética y de aprender durante todo su crecimiento, es muy fuerte.

Por qué nos complicamos tanto la vida? Claro, en la yeguada existe la presión de producir potros tan gordos para los concursos morfológicos que corren el riesgo de cólicos, infosura y osteocondrosis, aparte de no ser capaces de moverse, por lo que tenemos que echar la culpa a los jueces.

Pero también hay ignorancia en las yeguadas y falta reconocer que la forma en que sale el potro no es sólo por el efecto de sus genes y alimentación, sino también de su experiencia. En la Real Escuela ví, en una oportunidad, ocho potros en el espectáculo, siete de ellos cerditos que sudaban, preocupados por sus dificultades. El otro tenía todavía marcas de mordiscos en el cuello, su crin era un poco desastre y se podían ver sus costillas, pero ¡cómo flotaba y cómo se disfrutaba!

Cómo se puede crear un atleta en una caja? Cómo se puede esperar que un semental sepa cubrir con educación cuando le falta cualquier educación social?

No es de extrañar que criemos así caballos que se ponen nerviosos e incluso peligrosos, alrededor de otros caballos, ni que hay yeguas primerizas que rechazan a sus potrillos al nacer si nunca han visto uno. Estas cosas no pasan en la naturaleza.

Tenemos la tendencia de pensar que sabemos más que la naturaleza incluso en los asuntos que son de ella; mira los desastres que estamos provocando. Para evitar mucho dolor en el manejo de los gamberros, por favor, no críen más gamberros. Si tienes un potro solito, suéltale con compañía equina y cuanto antes, mejor. Un pony, un caballo de rescate, un burro, no hace falta gran inversión y ahorrará mucho sufrimiento.