La "vivencia estética" del hombre

Ramón Diaz Olguin
Profesor de Filosofía
Resúmen: Graciela Bofill


Análisis de la dimensión vivencial de la "experiencia estética"

La estética es una disciplina científica que pertenece, por naturaleza específica, al campo de la filosofía.
Se apresta a desentrañar meticulosamente esa peculiar forma de relación que establece la interioridad del hombre con los objetos del mundo sensible que se llama "experiencia estética".

La "experiencia estética" tiene lugar dentro del hombre de manera concreta y viva, intensa y profunda, ya que desde el punto de vista subjetivo se trata de una "vivencia" que atañe por entero al hombre. A través de la "experiencia estética" asoman a la conciencia humana las cosas del mundo en su belleza cualitativa y las obras de arte en su estructura óntica (término metafísico que se identifica con el ser) en forma de conmoción afectiva y fruición apetitiva personales, individualmente irrepetibles y psicológicamente intransferibles. Cuando el hombre estudia, de hecho, la belleza de las cosas del mundo o la estructura de las obras de arte creadas por el ingenio humano, lo hace siempre dentro de la vivencia subjetiva que caracteriza a la "experiencia estética".

La experiencia estética se presenta ante la mirada del hombre como una "vivencia" y, por lo tanto, como un fenómeno relativo a su vida psíquica propia. Se trata, en sentido estricto, de un "fenómeno subjetivo", que tiene lugar, por ello, en la "interioridad" del hombre. Por esa razón, este fenómeno no es propiamente "visto" por el hombre, "atendido" frontalmente por su inteligencia, sino "vivido" por él en el ámbito de su conciencia, en un específico nivel de profundidad de ésta misma por el momento indeterminado.

Para que esta vivencia pueda tener lugar en el interior del hombre es indispensable, en efecto, que éste se encuentre en estado de "vigilia", es decir, atento a la realidad entorno, despierto al mundo que se halla fuera de él, concientemente dirigido hacia estos objetos, como indica el concepto de "intencionalidad". Para que esta vivencia pueda tener lugar en el interior del hombre, igualmente, es indispensable que éste pueda hacer de la importancia intrínseca de los objetos —de su sentido y de su valor— una "lectura" inteligente, comprensiva y penetrante de los mismos; más intuitiva de sus específicos contenidos que discursiva.

Es, más bien, una vivencia "motivada", "suscitada", "provocada" en el interior del hombre por el carácter significativo de los objetos indicados antes, esto es, por el sentido y el valor que los constituye esencialmente.

La experiencia estética, consiste fundamentalmente en "sentir" interiormente la presencia de los objetos, "vibrar" íntimamente ante ellos en razón de su importancia y "reverberar" dentro de sí durante cierto tiempo por ese motivo. Esta experiencia no consiste en "aprehender" o "reproducir" dichos objetos (percibirlos, representarlos), como ocurre, de hecho, con las vivencias cognoscitivas; tampoco en "imperar" y "determinar" algo sobre esos mismos objetos (querer o no querer), como ocurre con las vivencias volitivas; mucho menos consiste sencillamente en "hacer vivir" al hombre determinados contenidos psíquicos (hambre o sed, cansancio o estrés, angustia o serenidad) por causa de esos objetos, como suele suceder con otras vivencias humanas (tales como las apetencias instintivas, las situaciones psicofísicas o los estados de ánimo).

En la experiencia estética, son los objetos mismos quienes "hablan" dentro de la misma afectividad humana, se "despliegan" dentro de ella en su profundidad específica. Aunque el movimiento afectivo es del hombre como tal —pues es su propio ser el que "vibra" y "reverbera" en el interior— el contenido del mismo, su cualidad y profundidad específicas pertenecen a los objetos que despiertan dichos afectos; valiéndose de la misma esfera afectiva del hombre, de su capacidad para vibrar y reverberar interiormente, los objetos despliegan una "palabra" propia —de índole afectiva también— dentro de éste.

En esta experiencia, por ello, el hombre no es totalmente pasivo; "acompaña" y "acoge" la presencia de los objetos de la realidad en el ámbito de su propia interioridad afectiva de manera personal y directa, esto es, activamente; se "conmueve" dentro de sí —a veces, incluso, hasta una profundidad asombrosa— ante la presencia de éstos, abriéndole paso en su interior, permitiéndole entrar a su ser, dándoles cabida y lugar en su intimidad; pero nada de eso puede considerarse "pasividad": es "receptividad". Ésta última implica siempre en el hombre la puesta en marcha de una capacidad de "acoger" los objetos, de "disponerse" con relación a éstos, de "acompañar" interiormente su presencia, que no tiene lugar en la primera.

La "positividad" de esta vivencia de conmoción afectiva es de tal índole que puede suscitar, posteriormente, otras vivencias afectivas —también de carácter positivo— en el interior del hombre, sólo que de naturaleza "responsiva" —a la vez activa y centrífuga— como el entusiasmo, la alegría, la veneración, el respeto.

Vivencias: Muestra fotográfica (Descargar PPS)