Montar a caballo, una forma de yoga?

Revista Galope
Víctor Álvarez
Jinete internacional
Entrenador nacional desde 1977
Juez nacional de Doma Clásica desde 1978


Los actos inapropiados llevan a resultados inadecuados.

Krishnamurti decía que lo más conveniente para recorrer el camino espiritual, no es convertirse en fiel devoto de un gurú, sino buscar nuestro propio núcleo interior y acceder así directamente a la sabiduría. El jinete debe acabar montando como sí mismo, Debemos encontrar nuestra forma y nuestro camino.

La observación y el aprendizaje de los demás deben llevarnos a descubrir en nosotros mismos cosas que no habíamos sabido ver, o a incorporar aquello que es lo adecuado a nuestra personalidad o a nuestras capacidades. Intentar incorporar algo que es contrario a nuestra naturaleza solo nos llevará al fracaso.

Gurdjieff dijo que lo que se necesita en el camino espiritual es ser conciente de uno mismo yendo con el corazón abierto. Explicó que debemos esforzarnos por adquirir conciencia tanto de nuestro interior como de lo que vemos al mismo tiempo.
Denominó esta conciencia dual “atención dividida” y explicó que era la práctica de dirigir una parte de la atención hacia fuera, hacia la propia experiencia del momento y la otra hacia dentro, hacia la presencia perceptiva del observador.

Esta forma de concentración es la que suelo emplear al montar a caballo. La proyección hacia el exterior nos da la visión del caballo, del entorno que comparte el caballo con nosotros y al mismo tiempo, nos sitúa en una posición de observador de nosotros mismos. Es el “observador observado” que nos permite la autocorrección constante y la adaptación al animal hasta hacernos uno con él.

“Somos lo que pensamos”. Este aserto de Buda es interesante para el jinete. Si pensamos en montar con calma y elegancia, acabaremos montando de forma elegante y armoniosa. El pensamiento debe dirigir nuestros actos, sin permitir reacciones incontroladas que traerán un resultado inadecuado.

De hecho, éstos son unos pocos ejemplos del paralelismo que existe entre la práctica de la equitación y la vida misma. Yo siempre he dicho que montamos como somos. A través de la forma de montar y de relacionarse una persona con su caballo, podemos inferir cómo es.

De la misma manera, moldeando sus hábitos a través de la enseñanza de la equitación, podemos abrir su personalidad al descubrimiento y desarrollo de cualidades como la disciplina, la calma, el tesón, la aceptación del esfuerzo como algo natural, la responsabilidad, la aceptación de los demás, las situaciones tal cual son, etc.

Quiero decir pues, que la práctica de este deporte, único en el que el resultado depende de la comunicación de dos seres vivos y de la interrelación de ambos, es una fuente fantástica de aprendizaje de la vida, especialmente para nuestros jóvenes, en un tiempo en que la pereza, la desidia. La falta de energía y motivación parecen ser la tónica general.

Nuestra actitud influye decididamente en la actitud del caballo y a través de nuestro comportamiento gobernamos el suyo.

Volviendo de nuevo a Krishnamurti, en una de sus charlas dijo: “Debemos empezar por el principio y el primer paso es el último en la meditación: liberar de condicionamientos la mente haciéndose consciente, estando totalmente abierto. Deje que la montaña, ese árbol, lo absorban por completo. Preste atención, con apasionamiento, intensamente, mire y escuche de verdad y para escuchar y ver de verdad, su mente debe estar serena. Esto es la meditación”.

Esa es la actitud que creo que debe tener cualquier jinete, desde la que percibirá al caballo de la forma más clara e intensa. Con la mente abierta dispuesta a percibir, a recibir todo lo que el animal nos transmite para entablar el diálogo que nos conduzca al entendimiento.

Solo desde la serenidad somos capaces de percibir la forma total del objeto de nuestro interés. La ira, la rabia o cualquier otro sentimiento que nos inquiete transformarán la visión de lo que el caballo nos transmita, creando una relación basada en la falta de conocimiento o en la interpretación errónea de las señales que recibamos.

Hemos de ser concientes de que de los dos, caballo y jinete, el jinete es el que tiene la capacidad de razonar y, por lo tanto, es el responsable de que la relación funcione.

Solo desde el conocimiento y el entendimiento del animal podremos llegar a sacar, si además conocemos y utilizamos la técnica adecuada, todo aquello a lo que su capacidad llegue.

Una vez más, respecto a la actitud serena, vale la pena recordar la conocida frase que dice: “El arte termina donde empieza la violencia; la violencia empieza donde termina el conocimiento”.

La serenidad es una consecuencia del conocimiento, pero es difícil llegar a ese conocimiento si no es desde la serenidad. Curioso ¿no?